Tal vez resulte
insignificante
juntar letras en líneas
de las que ya
no eres protagonistas
ni por “gratificante”
ni por dolor.
Tal vez será
mi única evidencia
para repasar
y dejarte ir.
Me guardé la rabia,
la impotencia,
y decidí salir a cazar atardeceres
sin nombre;
de igual manera
salió la luna,
amaneció
de nuevo
en la calle lavada
y no me morí
(como pensabas),
como pensé.
Ve a dormir
a tu cama,
a que te besen,
a que te den protagonismo,
que por este lado
el autoestima volvió
a iluminar
y te me volviste
inofensiva
como Arjona…
quién diría.
Saber que pensé llamar
y conté
las dos largas semanas.
Así fue.
Bueno,
estoy adormecido
a ratos,
como al final seco
de una medicina
santa
y por momentos
intermitentes
siento irme
de este mundo
y volver.
Me da
para un suspiro
y escucho
atento
al rededor,
entonces comprendo
la naturaleza
humana y
el continuo acto
de acumular cosas
y pesares
para no llevarse nada,
perseguir
al tiempo
tan solo
para arrebatarle
un instante
y esperar
el amanecer
para tener
que abordar
otro día,
hasta ese día.
En tu cara,
en tu rostro.
Palabras
para sonrojarte
o conquistarte.
Al fin palabras.
Cosas para decirte
en tu cara,
un lunar para clavar
la mirada y ese humo de cigarrillo que se eleva
con tu aliento.
¿Una verdad
en tu cara?
Solo te comprometes
con lo que
te gusta
y de mis placeres,
te gustan
dos momentos:
cuando comienzas
y cuando
exterminas.
No importa tu ausencia.
No pongo más
que adjetivos
antes y después
de las palabras.
Son fáciles
de elegir.
Solo hay
que fijarse
en lo que
me haces
sentir
antes
o después
de tu racional
desprecio.
Hay semanas
enteras
de entusiasmo
en donde todo
brilla radiante,
como tus ojos
de “lago en el cielo”;
todo fluye bonito;
después
llega esta náusea
que de repente
todo destruye.
Ahí llega
mi insoportable
debilidad
y todos
mis adjetivos
son cortantes,
hirientes,
sangrantes
y no vuelvo
a escribir
para no llorarte.
Como le decía
doctor,
vengo
tomándome
las pastillas
tal como
me lo ordenó,
al pie de la letra.
La amarilla,
como el sol,
es la primera
en la mañana.
La blanca,
como el marfil,
al medio día
y la café,
la más oscura,
antes de
la pijama
de cuadritos
en la noche.
Y para
olvidarla…
¡para olvidarla
es que tomo
pastillas, doctor!
No se cuánto
puede costar
tener una mujer,
pero se cuánto
me costó
perder una esposa.
En otro tiempo,
los sentimientos
eran vientos
pasajeros
que reemplazaba
cualquier brisa
después
de un huracán
y confirmo
que lo único
que importa hoy
es una sola,
distante
de aprobaciones
o idealismos.
Es entre dos.
Cada vez
nos parecemos más
a esa canción “Help!”
y es que
cuando era más joven,
mucho más joven
que hoy,
nunca necesité de nadie.
Esta vez,
solo la necesito
a “ella”.
(Source: artpixie)
En este último tiempo
has sido una larga colección
de sabores,
como esas canciones
que describen
lo que siento
por momentos,
como una montaña rusa.
En otras palabras,
eres la discografía
de mi vida.
A ratos eres un bolero,
a ratos un despechado piano,
en ocasiones una fiesta
y en otras,
un delicioso rocksteady.
Pero nunca
un silencio.